Nos rodeaba gente, escuchaba hablar, era un murmullo lejano. Apoyé la espalda sobre el armario y caí al suelo...Seguía escuchando murmullos y noté que me arrastraban...no sé cómo llegué debajo del níspero, ni por qué mi nariz, como desde hacía seis meses, seguía sangrando...
Se acabó, todo había terminado, no más noches en vela, no más alarmas cada tres horas, no mas triturados, no más insulinas, ni más pañales, ni más médicos, ni más pastillas, ni más enemas, ni más dolor, ni más miedo, ni más silencios, ni más lágrimas... Las personas se me acercaban, me besaban, me consolaban, me animaban, me lloraban, me cogían la mano...y mi nariz, seguía sangrando.
Mi hermana lloraba, me miraba y lloraba.
- No llores, no llores más, ya no toca. Mira, ven, acércate ¿Cómo la ves ahora? Está tranquila, no le duele nada, no sufre. Todo está bien, todo está bien. Sólo tenemos que darnos un ducha, salir a la calle y recomenzar sin ella...ya queda lo más fácil.
Y durante casi treinta años intenté y sigo intentando hacer que sea fácil.







